Hoy es 24 de julio, un día que para la
gente BDSM como yo tiene un significado especial.
Su origen viene de los números que
componen la fecha: 24/7, que es un estilo de relación muy mentada en el mundo
BDSM y con la que yo tengo muchas reservas, que he discutido en otros espacios
hasta el hartazgo (traducción: no pienso ponerme a hacer eso acá).
De forma independiente al génesis de la
fecha, sí es importante su existencia. Es importante tener un día que nos
celebre, que nos permita visibilizarnos, presentarnos frente a la sociedad sin
los miedos habituales, que ayude a desmitificar una sexualidad que no es ni más
ni menos compleja que otras sexualidades pero que está estigmatizada, que es
vista con prejuicio, que es patologizada.
Como pasa o pasó con tantas otras
identidades, el asumirse tiene dificultades internas y externas. Frente al
deseo BDSM, la primer respuesta suele ser el miedo, la vergüenza o la autoflagelación.
“¿Estaré mal de la cabeza?”, “No quiero que se entere nadie” y “No puedo creer
que me gusten estas cosas” son frases que he escuchado o leído ya infinidad de
veces. Y como toda sexualidad que nos conflictúa, el campo de batalla es en
principio nuestra cabeza, en donde la sociedad tiene su propio loft enorme,
desde el que nos dicta reglas sobre nuestro deseo.
A la gente BDSM se nos considera
perversa, enferma, alejada de una sexualidad sana. Por supuesto, eso mismo se
decía de gays, lesbianas, trans y todo el resto del universo LGTBIQ. Esa
sensación de horror, rechazo e incomprensión frente a lo que es lo instintivo
en nuestra sexualidad tiene un nombre: BDSMfobia.
Si bien la BDSMfobia tiene muchas aristas
societarias (desde chistes hasta agresiones), la más insidiosa sucede cuando
esa BDSMfobia se internaliza; allí es donde mayor daño produce. Cuando una
persona se refrena de celebrar su sexualidad por prejuicios adquiridos acerca
de qué es lo aceptable y qué no; cuando esa persona tiene miedo de estar “rota”
o tener una enfermedad psicológica incurable. Esa tensión, análoga a la del gay
que no admite su orientación y en consecuencia vomita homofobia por todas
partes, es una incesante fuente de sufrimiento, y garantiza una vida lejos de
la plenitud.
Pero la situación inversa, cuando se
admite y abraza la propia sexualidad, es liberadora. Te cambia la vida, de
forma literal. Entendés mucho más quién sos; podés trabajar para ser feliz de
verdad. Y cuando alguien más te ve feliz viviendo lo que sos, por ahí se para
un segundo a pensar.
Entonces, volviendo al tema de la fecha y
de por qué es importante su existencia: quienes han participado de la lucha
LGBTIQ entienden lo fundamental de la visibilización. Lo necesario que es
mostrarse, llevar en alto el cartel de lo que se es, porque ese es el comienzo
del cambio societario en el que ninguna expresión de la sexualidad entre
adultos que consienten sea tildada de ninguna otra forma que de aceptable.