Mi abuelo Jesús, el valenciano republicano comunista que peleó en la Guerra Civil Española y que terminó en la Argentina, siempre me decía: "A Alemania habría que haberla dividido no en dos, si no en 50 países diferentes". Cuando cayó el Muro de Berlín y Alemania fue reunificada, el abuelo auguró lo peor.
Hoy, después de años de crisis económica europea, crisis que Alemania ha utilizado para dominar y humillar a sus supuestos socios y países hermanos, me inclino a pensar que quizá tenía razón.
Yo fui europeísta de la primera hora. La idea de un contiente unificado bajo los ideales de la democracia y el Estado de Bienestar me parecía de un humanismo hermoso, la mejor forma de escapar a siglos y siglos de conflictos y matanzas y una gran forma de contrapesar el poder hegémonico de los EE.UU.
Por eso mi tristeza al ver en lo que se ha convertido la UE: otro instrumento más de dominación política y financiera para obligar a los países a seguir, no el camino que eligen, si no el que les marca el poder más antidemocrático de todos, que es el poder financiero internacional.
Ojalá los griegos tengan la determinación para escaparse del fallido proyecto europeo. Ojalá puedan salirse del euro y que les vaya bien, y que otros países, entre ellos mi amada España, la tierra de ese valenciano que puteaba a los alemanes porque nunca olvidó ni perdonó la parte que tuvieron en la destrucción del sueño democrático que fue la Tercera República, sigan el camino heleno.
Ojalá esa mentira en la que se convirtió la Unión Europea, una cáscara vacía de ideales y completamente antidemocrática, explote por los aires, para que lxs europexs puedan realmente construir una Europa de los pueblos, y no de las elites.
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